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By Philip Roth

Portnoy, mal de [llamado así por Alexander Portnoy (1933- )]: trastorno en el que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso. Al respecto cube Spielvogel: «Abundan los actos de exhibicionismo, voyeurismo, fetichismo y autoerotismo, así como el coito oral; no obstante, y como consecuencia de los angeles "moral" del paciente, ni l. a. fantasía ni el acto resultan en una auténtica gratificación sexual, sino en otro tipo de sentimientos, que se imponen a todos los demás: l. a. vergüenza y el temor al castigo, sobre todo en forma de castración» (Spielvogel, O., «El pene confuso», Internationale Zeitschrift für Psychoanalyse, vol. XXIV, p. 909). Spielvogel considera que estos síntomas pueden remontarse a los vínculos que hayan prevalecido en los angeles relación madre-hijo. «Roth es el escritor más valiente de Estados Unidos. Es moralmente valiente, políticamente valiente. Y Portnoy es parte de esa valentía.» Cynthia Ozick

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Entretanto, es por los angeles tarde, es primavera, y una mujer —para mí y sólo para mí— está subiéndose las medias y cantando una canción de amor. �Quién va a quedarse para siempre jamás con su mamá? Yo. �Quién es quien acompaña a mamá a todas partes, vaya donde vaya en este mundo? Pues yo, claro, qué pregunta más tonta... Pero, vamos, no te preocupes, �voy a seguir el juego! �Quién ha comido estupendamente con mamá, quien va al centro en autobús, con mamá, como un niño bueno, quién entra en los grandes almacenes con mamá... y etcétera, etcétera, etcétera?... De manera que hace solamente una semana, a mi regreso, sano y salvo, de Europa, esto period lo que mi madre tenía que decirme: —Toca. —¿Qué? Me ha cogido l. a. mano y está acercándomela a su cuerpo. —Mamá... —He engordado más de dos pounds —dice— desde que tú naciste. Toca —y me obliga a tocar con los dedos tiesos el abultamiento de sus caderas, que no están nada mal... Y las medias. Han transcurrido veinticinco años, cabe suponer que el juego ha terminado, pero no: mamá sigue prendiéndose las medias al liguero en presencia de su niñito pequeño. Ahora, sin embargo, el chico se fuerza a mirar en otra dirección cuando l. a. bandera va subiendo por el mástil —y no sólo por su propia salud psychological. Es cierto: aparto los angeles vista, no por mí, sino por el pobre desgraciado de mi padre. Pero �cuáles son las verdaderas preferencias de mi padre? Si aquí mismo, en el salón, su niñito, que ya es un hombre hecho y derecho, se pusiera a retozar en los angeles alfombra con mami, �qué haría papi? �Arrojarle un cubo de agua hirviendo a ese par de locos furiosos? �Sacaría su cuchillo, o se iría al cuarto de al lado a ver l. a. tele, mientras ellos terminaban con lo suyo? �¿Por qué apartas los angeles vista? », me pregunta mi madre, divertida, en plena operación de enderezarse los angeles raya de las medias. �Cualquiera diría que soy una muchachita de veintiún años. O cualquiera diría que no me he tirado años limpiándote el culito y dándote besos en las nalgas. Míralo —esto va dirigido a mi padre, por si acaso no tiene puesto el cien por cien de su atención en el pequeño espectáculo de pista que se le está brindando—, míralo, comportándose como si su madre fuera una reina de los angeles belleza sesentona. » Mi padre me llevaba todos los meses al baño de shvitz, donde se consagraba a demoler —a fuerza de vapor y cepillo y con l. a. añadidura de una buena cabezada— l. a. pirámide de agravios que él mismo había ido levantando durante el transcurso de las semanas anteriores, en su trabajo. Dejamos l. a. ropa de calle cerrada con llave en el dormitorio del piso de arriba. En catres de hierro dispuestos en ángulo recto con los taquillones, los hombres que ya han pasado por el tratamiento completo, en el piso de abajo, permanecen ahora tirados entre sábanas blancas, como víctimas de alguna catástrofe violenta. Si no fuera por el abrupto estallido de algún pedo, o por los ronquidos que esporádicamente se levantan a mi alrededor, bien podría pensar que me encuentro en un depósito de cadáveres y que, por alguna extraña razón, me estoy desnudando en presencia de los muertos.

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